sábado, 27 de septiembre de 2014

Wild: Capitulo Tres

Jamie



Los días pasaban lentos para Lauren. No conocía nadie en ese estúpido rancho. Su padre pasaba muchas horas en su despacho. Harry, con el quien se metía a diario, hacía horas que no lo veía por lo que estaba aburrida en su habitación tocándose el pelo. Su móvil se había quedado sin batería y era demasiado perezosa como para ponerlo a cargar.
La puerta sonó, haciendo que Lauren se incorporase en la cama. Esperaba que fuese Harry. Le encantaba meterse con él, más que nada porque el chico no podía devolverle el insulto. Ella era la hija del jefe.
- ¿Si? – preguntó dejándose el pelo a un lado.
- Lauren, ¿puedo pasar? – preguntó y ella resopló.
- Pasa Michael – dijo ella.
Vio entrar a su padre con una mueca. Seguramente porque lo había llamado Michael, pero él no podía pretender que ella le llamaría “papá” cuando solo se veían un mes cada muchísimo tiempo. Simplemente esa palabra no salía de ella.
- En una hora vendrá un amigo mío con su hija y se quedará un par de semanas aquí, ¿está bien?
- ¡¿Su hija?! – gritó Lauren saltando de la cama y cayendo al suelo –. Q-quieres decir, ¿una chica? ¿De mi edad?
- Creo que tiene un año más que tu, pero si de tu edad.
- ¡Si! ¡Michael, Dios existe y ha escuchado mis plegarias! ¡Gracias Dios! – gritó al chica mirando al cielo –. Tengo que cambiarme corriendo. ¿Cuanto tiempo tengo?
- En dos horas están aquí – dijo su padre sonriendo.
Lauren corrió al baño tan rápido como sus piernas lo permitieron y se encerró en él durante una hora entera. Salió de el, y fue directa a su armario dónde estuvo buscando diez minutos que ponerse. Hacía tres días que no veía a ninguna chica de su edad por aquí, y en el momento en el que su padre mencionó a la hija de su amigo, casi se le sale el corazón.
Se puso una camisa azul clara, sin mangas, unos pantalones cortos azules tirando a turquesas y un cinturón blanco con un lazo en el medio. Tal vez iba muy arreglada estando en el campo, pero toda su ropa era así. Se dejó el pelo suelo. Le gustaba mucho su pelo, pero le gustaría aún más si tuviera algunos rizos.
Se maquilló los ojos y se pintó los labios. Si, le gustaba maquillarse bastante. Adoraba el maquillaje.
Señorita – dijo una voz que ella conocía muy bien.
- Harold – contestó ella girándose –. ¿Que, lavando muchos caballos?
- Yo, venía a decirle algo – dijo él ignorando su comentario.
El capataz la miró de arriba a bajo. La chica podía ser odiosa pero tenía un cuerpo que cualquiera podría definir como casi perfecto. Lauren notaba como la miraba y la hacía sentir mejor, poderosa. Le gustaba tener ese efecto en la gente. Su madre le enseñó des de muy pequeña que un cuerpo y una cara bonita lo son todo en la vida, por eso a ella le importaba mucho su aspecto. No quería decepcionar a su madre.
- El señor Brooks y su hija están aquí. Su padre quiere que vaya a bajo.
El chico se fue sin decir nada y Lauren sonrió. Se volvió a mirar al espejo y bajó corriendo las escaleras. No aguantaba más estar sola. Habían sido los tres peores días de su vida.
Llegó al final de la escalera e ignoró completamente al hombre que había al lado de su padre. Buscó con la mirada a alguna chica de su edad, pero el comedor estaba vacío.
- ¿Buscas algo? – preguntó una voz femenina.
Lauren se giró y se encontró a una chica alta enfrente de ella. Se quedó un momento observando su piel blanca. Le recordó a una muñeca de porcelana que había tenido cuando cumplió seis años. Tenía unos labios rosados, algo cortados por el frío, aunque excepto el primer día, los otros había hecho un sol abrasador. Tenía unos ojos marrones que escondía detrás de unas grandes gafas negras de pasta. Tenía el pelo pelirrojo con algunos rizos pocos definidos y largo hasta más a bajo del pecho. Tenía una nariz pequeña, y una piel perfecta.
- ¿Lauren Well? – preguntó preguntó al chica y ella se sorprendió al oír su voz. No era tan aguda como ella habría imaginado.
- Si, soy yo. Tu eres la hija del señor Brooks, ¿verdad?
- Jamie Brooks, encantada – dijo ella acercándose y dándole un abrazo –. Tenemos mucho de lo que hablar.
La pelirroja soltó un gritito de emoción que extrañó a Lauren. Jamie, al ver que la rubia no seguía su entusiasmo, se paró de golpe y la miró con tristeza.
- No me recuerdas... – susurró ella –. No me recuerdas, ¿verdad?
- Lo siento, pero no sé de que me estás hablando – se disculpó Lauren sin saber bien porque lo hacía.
- Lauren, soy yo. Jamie. Jame Brooks. Jugábamos al escondite cuando teníamos cinco años. Nos escondíamos en el granero hasta que era la hora de cenar y hacíamos carreras con las gallinas.
La rubia intentó buscar en sus recuerdos a la chica. Había intentado olvidar todo lo que fuese relacionado con su infancia. Lo único que no había olvidado era ese caballo. El que ahora ya no estaba con ella.
Lo siento, no te recuerdo – dijo Lauren.
- Bueno, vamos al granero. Haré que te acuerdes de mi otra vez – dijo Jamie con una sonrisa –. Pero que sepas que me prometiste que no me olvidarías, eh.
- ¡Michael, nos vamos al granero! – gritó Lauren siguiendo a la chica.
Jamie arrastraba a Lauren por el pasto, deseando llegar al granero, cerca de las caballerizas. Estaba feliz de volver a ver a la que había sido su mejor amiga. Es decir, Lauren lo había sido todo para ella, y recordaba que había intentado llevarse bien con Miss para que su mejor amiga se sintiese orgullosa de ella. Lo intentó todo pero no hubo manera de poder acercarse a la yegua. Tan solo fue Harry, el ex-novio de Jamie, el que tuvo el privilegio de poder tocarla.
Llegaron al granero dónde pudieron escuchar unos silbidos. Para una de las chicas de lo más normal, para otra eran unos que jamás había escuchado.
¡Harry! – gritó la pelirroja.
El chico que estaba dando de comer a las gallinas se giró, y nada más ver a la chica de ojos marrones sonrió de oreja a oreja. Abrió los brazos esperando a la chica y cuando ella llegó enrolló las piernas en la cintura del chico y él empezó a darle vueltas.
Lauren sintió envidia. Nunca había tenido problemas por relacionarse con la gente excepto con ese chico. Es cierto que ella no lo había tratado demasiado bien pero estaba acostumbrada que en California todos los chicos caían a sus pies. Y ese chico ni siquiera se le había inmutado cuando había llegado a la fase dos. La fase dos, la de mover el pelo seductora mente. Ni siquiera eso había hecho mostrar un poco sorpresa en el chico lo que la molestaba aún más.
- Señorita – dijo Harry a modo de saludo –. ¿Ha dormido bien?
- Si, gracias – contestó. El chico frunció el ceño al notar que Lauren no la había contestado con su sarcasmo habitual –. ¿Os conocéis? – preguntó señalándolos pero al segundo se dio cuenta de que era una pregunta estúpida.
- Estuvimos saliendo por un tiempo – dijo Jamie.
- Si, Jamie fue mi novia – soltó Harry de golpe.
El mundo de Lauren se paralizó aunque ella no sabía porque. ¿Harry había salido con esa chica y no con ella? Es decir, Jamie era preciosa pero Lauren tenía el ego muy alto.
- Bueno, genial. ¿Te puedes retirar, Harry? Jamie y yo tenemos muchas cosas de las que hablar – pidió la rubia.
- Si señorita – dijo Harry asintiendo.
El chico asintió y le sonrió a la pelirroja dándole un beso en la mejilla. Lauren hizo una mueca que todos repararon pero que no hicieron caso. Harry se despidió de la rubia inclinándose hacía delante, con un gesto de clara burla hacía ella y abandonó el granero.
Entonces, ¿tu y yo éramos amigas? – preguntó Lauren sorprendida.
- Claro, ¿porque lo dices de esta manera?
- Hombre, saliste con un capataz. Es decir, ¿en que pensabas?
Jamie no respondió y se quedó mirando fijamente a la que en un pasado había sido su mejor amiga.
Veo que no has cambiado absolutamente nada – dijo la pelirroja –. Sigues siendo la misma niña caprichosa que hace diez años.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Wild: Capitulo Dos

White Horse


Harry hizo una sonrisa torcida cuando la chica gritó al ver a un gran caballo andando hacia ella. Por un instante le pareció hasta tierna, pero recordó la infancia que había tenido por culpa de esa chica. Michael Well sonreía contento al ver a su hija de nuevo aunque ella tan solo le hubiese dado dos besos al verlo.
No se asuste, señorita – dijo Harry poniéndose atrás de ella –. No la hará nada.
- ¿Que no? – gritó Lauren chocando contra el pecho de Harry –. Tu dices esto porque estás acostumbrado a vivir en este mundo horrible. ¡Tan solo míralo! Me va ha matar.
- No lloriquees Lauren, no va ha hacerte nada. Es dócil, hija. ¿Te acuerdas de Miss?
Lauren asintió aún pegada al pecho de Harry. Estaba demasiado asustada como para darse cuenta de lo que pasaba en su alrededor, pero vagamente volvió atrás en el tiempo.
Se recordó a ella misma, con siete años, no más, abrazando fuertemente a una yegua blanca, su favorita, y llorando con desesperación. El animal estaba acostado mientras que la niña se agarraba a su cuello sin querer soltarla nunca.
- ¿Dónde está? – preguntó Lauren queriendo verla. Esa yegua lo había sido todo para ella, y dejarla fue de lo más duro que hizo nunca.
- No se encuentra en este estable ahora, cariño – dijo Michael. La chica hizo una mueca por como le había llamado su padre –. Está en el veterinario. Se hizo daño en una pata el otro día mientras Harry la montaba. Volverá en unos días.
- Pero yo quiero a Miss.
Te presento a Black – Michael se acercó con una sonrisa al caballo negro y le acarició la crina –. Es tuyo.
- Dos cosas. ¿En serio, Michael? ¿Black? ¿No había un nombre más obvio? – preguntó la chica apartándose de Harry. El chico tuvo un sentimiento de vacío que rápidamente apartó de su cabeza –. Segundo, no pienso quedarme eso. Es muy grande y se me ha olvidado montar.
- Harry, ¿podrías dejarnos un momento? – preguntó el padre de Lauren.
- Como desee señor – dijo bajando el gorro. Se giró hacía la chica –. Señorita.
El capataz se giró sobre sus talones y caminó hasta fuera de las caballerizas. A Harry le hubiese gustado estar allí, escuchar lo que tenía Michael que decirle a su odiosa hija, pero el era el jefe, y había echo mucho por él, así que tenía que obedecerlo.
Dentro, Lauren golpeaba el suelo con su pie derecho mientras esperaba que su padre le dijese algo. Él miraba a su hija con admiración. Es decir, la quería más que a nada, pero desgraciadamente no siempre se lo había demostrado. Tampoco había tenido oportunidad.
- ¿Y bien?
- Mira, Lauren, sé que no estás a gusto con esto. Hace años que no nos vemos y soy un extraño para ti pero principalmente soy tu padre. Y te conozco, así que por favor no te enfades – empezó Michael.
- Oh no, ¿que has hecho?
- Hija, no podrás volver a montar a Miss.
- ¿Que? ¿Porque? – preguntó ella en un susurro. Le dolía. Y mucho. Odiaba el campo, pero aquel caballo era la cosa más importante de su infancia.
Se recordaba a ella misma, hacía diez años. Recordaba la de veces que se había ido al establo a llorar, enfadada por las constantes peleas de sus padres, y que la única persona que había estado para ella había sido su caballo.
También recordaba a un chico. Mayor que ella, solo que no se acordaba cuantos años. Lo recordaba con el pelo negro, corto y delgado. Su mejor amigo. Aunque, después de subir al avión, no volvieron a verse nunca más.
Lauren, el caballo ya no es mío. Se lo di a Harry – contestó su padre.
La chica sintió como se empezaba a marear, y la sudor invadía su cuerpo. ¿Harry? ¿El capataz? No podía darle un caballo tan caro e importante a un simple capataz.
Michael estaba triste por la reacción de su hija. Sabía que ese caballo era más importante para ella que él mismo, pero Miss era una yegua indomable. Des del momento en el que Lauren partió a California, pataleó, hirió y dejó inconsciente a más de cuatro personas, y se escapó cada vez que tenía oportunidad. Nadie podía montarla, nadie podía tocarla. Hasta que cinco años más tarde, un chico llamado Harry Styles apareció en su granja, pidiendo trabajo. Michael le pidió un trabajo muy duro. Algo que le pedía a todos los que venían a pedir un trabajo a su granja. Tenían que conseguir tocar a Miss.
Cuando el joven Harry Styles consiguió tocar a la yegua sin ningún problema, Michael lo contrató enseguida. Había estado buscando alguien como él des de hacía cinco años, y hoy en día, aún no podía creer que un chico de quince años lograra lo que, ni él mismo, consiguió en su día. La manera en que Harry se hizo para conseguir poder tocar a Miss es un secreto que ni el propio Michael sabía.
- ¡¿Harry Styles?! ¿El capataz? ¡Papá como pudiste hacer eso! Harry no puede ocuparse de un caballo como Miss! Ella es de primera clase, y él estoy seguro que no distingue un vestido de Ralph Lauren entre uno de Dolce & Gabbana. ¡Es mi caballo! – gritó ella molesta.
- Escuchame, hija, sé que estás enfadada pero Black es hijo de Miss. Es un buen semental. Es perfecto para ti – dijo su padre intentando tranquilizarla.
- ¿Porque? – susurró Lauren –. Sabías que ese caballo ha sido lo más importante para mi, y lo primero que hiciste fue venderlo.
La chica salió corriendo de allí, buscando al chico que robó su caballo años atrás. Miró hacía arriba cuando vio que había empezado a llover. Y vaya lluvia, pensó ella. En California llovía poco, y hacía tiempo que Lauren no veía lluvia.
Localizó a Harry, quien parecía que cogía unos sacos y se acercó a él por detrás. Le dio un manotazo a su brazo haciendo que el saco cayese al suelo. El chico se giró enfadado, dispuesto a decirle algunas cosas a los hombres que habían hecho eso, cuando se encontró la cara de la hija de su jefe.
- Señorita, ¿que hace aquí?
- ¡Me cago en tus muertos! – gritó ella tirándose encima. Harry cayó al suelo, lleno de fango, con la hija de su jefe encima.
- Lauren, por favor... – intentó decir para que se quitase de encima.
- ¡Tu robaste mi caballo! ¡Te mato! – gritó ella.
Empezó a darle golpes al pecho de Harry, aunque este no sentía nada de daño. Él estaba seguro que si estuviesen en otra posición se habría reído, pero ahora estaba incómodo.
¿Que caballo? ¿Que dices?
Miss – dijo la chica –. Es mi yegua y la quiero de vuelta.
Harry sonrió, lo que hizo que Lauren le pegara de nuevo. Encima de que le robaba la yegua se cachondeaba en su cara. El chico movió su cabeza a modo negativo y Lauren le volvió a pegar en el hombro. Harry la apartó de encima suyo, haciendo que esta cayera en el fango, se manchara entera y soltara un grito que al capataz le pareció de lo más divertido.
Señorita, puede pedirme muchas cosas, pero esa yegua es única, y es mía. Su padre me la dio, así que no pienso devolvérsela – dijo volviendo a coger el saco –. Y ahora si no le importa, vaya a bañarse. Estoy seguro que no está acostumbrada a oler como los caballos.
Harry se giró y dejó a la hija del jefe a merced de la fuerte lluvia. Él no era así con las chicas, pero esa niña había arruinado su niñez.
El chico pensó en que tal vez no tendría que dejarla sola pero descartó esa idea al instante. Recordó la felicidad que tuvo cuando su madre, cocinera y ama de casa contratada por Michael, le dijo que la niña se marchaba. También recordó la tristeza cuando su padre le dijo que su madre había muerto y se lo llevó de la casa que había sido su vida durante trece años.
Dos años más tarde, con quince, convenció a su padre que su vida estaba en el nuevo rancho del señor Michael Well. Tan solo tuvo que tocar ese caballo que tantas veces había admirado para que lo contrataran. Su nuevo jefe parecía bastante impresionado por su logro, y Harry se dio cuenta de que Michael no se acordaba que él ya había vivido aquí antes, junto a su difunta madre y su padre, aunque tampoco se lo recordó.

Con diecisiete años, Michael le regaló la yegua a Harry, ya que él era el único al que Miss dejaba acercarse. Tiene un buen corazón, pensó Michael el día que decidió darle la yegua de su hija a Harry.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Wild: Capitulo Uno

Welcome to Well's Ranch


El viento soplaba y Lauren deseó que su padre viniese ya a buscarla. Su pelo rubio no paraba de moverse a causa del viento lo que hacía que ella tuviese que estar constantemente arreglándose lo. Era una chica presumida. Se le veía a kilómetros. El maquillaje y la ropa de marca la delataban. ¿Dónde narices está mi padre?, pensó ella.
Una de las cosas que más odiaba era tener que venir a pasar la estúpida temporada con su padre. Ella estaba bien dónde estaba. Con su madre, en California. Estúpida custodia, pensó otra vez. Había llamado más de diez veces a su padre pero siempre le saltaba el contestador.
Se abrazó a ella misma. Nunca pensó que en Londres pudiese hacer tanto frío. Acostumbrada al calor de California, el mínimo viento era demasiado para ella.
Vio des de lo lejos, como un carro se acercaba a ella. Si, carro. Dos caballos tiraban de un carro completamente negro. Delante, un hombre con un sombrero parecido a los del oeste, iba sentado cogiendo las riendas de los dos animales.
¿Lauren Well? – preguntó.
En ese momento la chica llegó a la conclusión de que no era un hombre. Debería tener unos veinte años más o menos. Lo único que podía verle eran unos labios rosados y carnosos.
- Si soy yo.
- Su padre me envía a buscarla – contestó el chico con una sonrisa torcida.
- Genial, ya era hora. Si llego a pasar dos minutos más aquí me congelo.
El chico le abrió la puerta para que pudiese entrar, y se encargó personalmente de las maletas de la hija del jefe. Era preciosa, aunque hasta un ciego podría notar lo pija que era.
Ella tampoco se molestó en intentar entablar una conversación durante el camino. ¿Para que? Esperaba no volver a encontrarse más con ese chico, simplemente porque no quería hacer amigos en este insignificante pueblo a las afueras de Londres. Ella quería volver a California, con su madre, sus amigos. Tampoco quiso mirar por la ventana. Sabía que a la mínima que viese una vaca pastando querría dar media vuelta, así que se limitó a ponerse sus cascos y escuchar música.
La relación con su padre nunca había sido de lo mejor. No porque él no le hubiese hecho caso o porque ella no quería saber nada de él, sino porque para Lauren su padre era un desconocido. Lo veía un mes cada dos años, ya que era lo que sus padres acordaron cuando decidieron su custodia.
Hemos llegado, señorita.
La voz del chico la sacó de sus pensamientos. Suspiró y salió por la puerta. Cuando estuvo fuera deseó no haber salido nunca de ese coche. La boca se le abrió tanto, que el chico que estaba a su lado no pudo contener una risa. Se veía graciosa de esa manera. Nunca pensó que la chica del jefe viniese a verla. La última vez que la vio tendría siete años, y él diez. Por lo que su mejor amigo, Zayn Malik, le había explicado, Lauren era una chica muy amable y muy atenta, pero tenías que caerle bien a la primera, sino difícilmente querría mantener una conversación contigo. Era terca. Mucho. Recordaba que Zayn siempre lo decía cuando hablaba de Lauren. Ellos dos habían sido mejores amigos, pero dejaron de hablarse cuando los padres de ella se divorciaron.
- ¿Que es esto?
- ¿A que se refiere? – inquirió el capataz con una sonrisa divertida.
- ¡A todo esto! Sabía que papá vivía en el campo, pero la última vez que vine no vivía en esta casa.
- Su padre decidió que quería conservar las tierras que su padre, es decir, tu abuelo le había dejado, así que vendió la antigua casa y se construyó esta más grande en las tierras. A demás si mira hacía allí verá que hay caballerizas y corrales.
- ¡P-pero, esto tendría que ser ilegal! – gritó ella desesperada.
- Lo siento preciosa – dijo él chico.
Ella lo miró de arriba a bajo y por fin pudo fijarse en sus ojos. Verde-azulados. Espalda ancha, brazos fuertes. Cuando llegó a sus piernas se quejó mentalmente. Madre mía Lauren, tiene mejores piernas que tu. Llevaba puestos unos vaqueros desgastados, manchados de barro por las rodillas que le sentaban muy bien. Llevaba una camiseta blanca y encima una de cuadros, remangada hasta los codos. Encima de su cabellera llena de rulos llevaba puesto un gorro. Lauren pensó que se veía condenada mente bien.
¿Puedes llevarme con mi padre? – dijo Lauren señalando la casa.
- Su padre no se encuentra en casa, señorita – dijo el chico bajándose el gorro –. La espera en los establos. Tiene una sorpresa para usted.
El chico se giró sobre sus talones. Le gustaba ver a la pequeña Lauren Well pasarlo mal en el campo. Des de pequeño, él sabía que las niñas mimadas no estaban hechas para el campo, y Lauren era un gran ejemplo de ello.
Al menos dime tu nombre, ¿no? ¿O quieres que hable con un extraño todo el día?
El castaño se giró y sonrió, mostrando unos hoyuelos y unos dientes que a la rubia le hacían recordar a un estúpido chico de rulos, molestándola todos los días de su vida.
- Harry Styles, señorita. Encantado.

martes, 9 de septiembre de 2014

Wild

PRÓLOGO

La última vez que la había visto había sido hacía diez años. Ella ni siquiera sabía que el existía, pero él si sabía acerca de Lauren Well, la pija y mimada hija de Michael Well, el hombre con más dinero en las afueras de Londres. Él no entendía como alguien podía ser tan insoportable con tan solo siete años. Al contrario que su padre, Lauren era egoísta, superficial y manipuladora. Al menos era así como él la veía.
El día en que su madre, Anne, le dio la noticia que los padres de la pequeña se separaban y que ella se iba a vivir con su madre, no pudo parar de sonreír durante días.

Lo que no sabía es que todo vuelve, incluida ella, y que esta vez iba a ser para quedarse.